Una carta abierta para la comunidad de la Facultad de Ciencias


Para: Cualquier lector que pertenezca a la Facultad de Ciencias.
¡Hola!
Hace unos martes estaba en clase de Relatividad cuando el profesor Nettel comenzó a definir las cartas. En el contexto de la relatividad general, las cartas son sistemas de coordenadas locales que se utilizan para describir regiones del espacio-tiempo curvo. En el contexto del profesor Héctor Méndez Lango, en su carta número 3 con fecha del viernes 24 de noviembre de 2024, las cartas le sirven para enviarnos la definición de las derivadas parciales: esa sí que la entendí.
Pensando un poco en lo que es una carta para mí… no sé qué escribir, me quedo sin ideas. No sé a quién le escribo o quién me lee. Pensando un poco en el formato de esta manera de enviar mensajes, me gusta la magia de que no sea inmediato el proceso: desde el momento en que se escribe, se envía y se recibe una respuesta.
Pensando un poco en quién se siente solo a los 20, a los 30, a los 50.
Hace unas cuantas generaciones, mi tía abuela leyó en el periódico un anuncio sobre un señor que se había quedado sin esposa, viudo. Escribía que buscaba una mujer que Dios no le hubiera dado el don de ser madre, y que lo deseara, claro. Así, por una llamada, terminó formándose una familia. Súper extraño, ¿no? En estas épocas eso parece imposible, como si los anuncios en Facebook sobre desconocidos no dieran, de primera mano, desconfianza.
El año pasado estaba organizando una fiesta por mi cumpleaños y una desconocida, pero seguidora de Instagram, me escribió diciendo que le gustaría ser mi amiga, así que la invité. Para mi sorpresa, llegó sola, con ganas de bailar y divertirse.
A veces pienso mucho en eso: ¿por qué me es sorpresa?
A veces no quisiera estar sola en la facultad. Ya entrando un poco más en confianza, la casa de mis padres queda lejos y para entrar a la carrera he tenido que sacrificar un poco a la familia. ¿Son esos pequeños grandes pasos los que te transforman en adulto? Cada que voy a su casa lloro. Pareciera que he cometido un error, pues aunque mi departamento no está tan lejos de ahí, pareciera que mi vida sí. Como si solo un día las cosas cambiaron y yo estaba completamente consciente de que así sería. Cada que tengo que volver a donde sea que me lleva fuera de esa casa, me abraza la tristeza de saber que no puedo quedarme aquí más días, y entonces comienzo con la duda: no sé si elegí bien, si la carrera es la soñada, si el campus fue el correcto. Pasa que en mi cuarto foráneo me siento muy sola.
Pienso un poco en por qué me abrieron Facebook a los 9 años y cómo eso lo cambió todo. Pienso en tener 13 y las fotos de mis compañeras rolando ilegalmente a través del chat. ¿Eso también te convierte en adulto? ¿Son los grandes pasos o las pérdidas de inocencia? ¿Qué me ha hecho adulto? ¿Lo soy? Ya estoy divagando, ¿verdad?
Puedo votar por el presidente y comprar alcohol. Puedo fumar y beber, pero extraño saltar la cuerda y jugar con resortes a la altura de las rodillas.
¿En qué momento perdí eso?
Sabes, he leído las publicaciones en las redes sobre que hay quien se siente como yo, un poco solo en esta travesía. Diría que solo en la carrera o en la de volverse adulto. Pero el miércoles de la semana pasada conocí al señor Sergio, el dueño de un café en alguna esquina de la colonia Del Valle. Me senté a intentar empezar un escrito para esta revista y se acercó a mi mesa a mover mi mochila.
¿No tenemos todos un laboratorio? ¿No se viene a esto a la vida? ¿A experimentar?
Teme que alguien pase y se la lleve. Le he hecho una broma y se ha reído de mí. Después de mi par de calcetines que en realidad no son par —uno es blanco y uno es rosa, ¡siempre los uso así!—. Dice que se jubiló hace años, que está aburrido.
Pasa la gente, él detiene a un joven, que dice que conoce desde niño, para preguntarle: “¿Cuándo me regalas una plática?” Supongo que a veces también debe sentirse solo, no importa si tiene 70 años.
Pero seguro que no tanto. Ha sido tan fácil la interacción. Platicar con él: solo se sentó en mi mesa y comenzó a contarme su vida y a preguntar sobre la mía, sobre los libros, las películas, sobre qué pienso, qué siento.
¿Por qué cuando la gente en la Facultad se siente sola lo publica en Facebook? Hay un documental en Netflix: El dilema de las redes sociales. Los creadores no dimensionaron. Crearon un mundo en la nube, la inmediatez llegó a romper nuestra percepción de atención.
Somos la generación que saltó del Messenger de Microsoft, que solo era un chat y hacía zumbar la pantalla de tu destinatario de una manera molesta en la que, por primera vez, a alguien sin palabras y en línea le decías: “¡¡¡Hey, contéstame!!!”. A poder ver en Instagram cómo todos tienen una mejor vida que la nuestra. Somos la generación que no le hace caso a su abuela cuando dice que tanto celular nos dañará la vista. Yo desde hace rato escucho ese discurso sin hacer mucho caso. La verdad no importa, no dejo de scrollear.
Te cuento que estoy escribiendo esto en las mesitas de colores que están atrás del Edificio P. He dejado mi banca y he platicado con los compañeros que están por aquí cerquita; mala fortuna para ellos que solo quieren tomar aire. Parece que tenemos un problema: no dejo de escuchar que la gente en Ciencias es rara y complicada. Nadie me da una respuesta certera de por qué piensan esto.
Diría que tacharnos a nosotros mismos de cobardes y ansiosos sociales sería cruel y poco empático.
¿Será que es cierto que el ego entre los compañeros es alto? Yo siempre siento que soy la que menos sabe del salón, aunque en el fondo sepa que sí estoy entendiendo. No sé de dónde viene ese sentimiento.
Siempre que leo sobre la soledad de otros compañeros, nunca falta el comentario de otro viviente que te alienta a unirte a un taller. ¿Por qué no te animas? Cuéntame. Cuando iba en la secundaria me gustaba mucho la serie Glee y recuerdo mucho a Rachel Berry diciendo que ser parte de algo especial te hace especial.
¿A qué edad abriste tu primera cuenta de Facebook? Acá coincidimos en que fue en la primaria, principalmente para poder jugar Dragon City, FarmVille, entre otros que a mí no me suenan para nada. Se menciona un sentimiento de emoción, novedad y distracción sobre lo que Facebook fue para nosotros a primera instancia. ¿Recuerdas cómo era jugar antes? Cuando uno corría bajo el sol, cuando se andaba en bicicleta, cuando no sabías patinar, cuando salías de casa.
Ahora he encontrado con quién coincidir en el problema de la adicción al celular. Creí que solo eran tonterías de mis padres, de mis abuelas, de mis tíos. Sería tonto cuestionar su punto de vista: ven cómo cada vez estamos más desconectados de nuestro alrededor. Los problemas que alguien antes nos advirtió: necesitar ayuda para dejar el celular y poder terminar nuestras tareas diarias.
O no poder siquiera hacer amigos en la escuela. ¿En qué momento le gana más a la gente en Ciencias el miedo al rechazo que la osadía de equivocarse? ¿No tenemos todos un laboratorio? ¿No se viene a esto a la vida? ¿A experimentar?
Si esto no fuera una carta y fuera una práctica de laboratorio: ¿cuáles son las reglas para hacer amigos? ¿Quién es el laboratorista enojón en este reto de aprender a sentirme un poco menos sola en esta escuela? Es como si los talleres estuvieran ahí escondidos y no tomamos el riesgo de entrar. Hay que ser parte de algo, está en nuestra naturaleza.
Me permitiría recordar el aislamiento social que vivimos hace 6 años. Las voces que habitan Ciencias desde antes de la pandemia cuentan que antes la comunidad era muy unida, que estas nuevas generaciones entramos con un rezago social impresionante. Es decir, de cierta manera me siento de luto desde que nos quitaron los bailongos. Eso para mí fue una gran bienvenida y una manera de convivir y bailar sanamente con más compañeros en la facultad. ¿Lo recuerdas? ¿Lo has escuchado? Llegué a ver el Spivak hecho piñata y todos alrededor aplaudiendo por su destrucción. Escuché que en otros bailongos los estudiantes eran consumidos por el baile y la emocion, al punto de meterse a la fuente del prometeo a mojarse y saltar, de nuevo siendo niños rompiendo pequeñas reglas. Esperábamos la recompensa de los dulces y de bailar toda la tarde. Un poco cruel pensar que lo hemos perdido.
Normal sentirse aburrido y solo ahora, ¿no?
Y de nuevo vuelvo a la soledad. Ahora estoy escribiendo en mi cuevita personal. Estoy por cumplir 24 años, me niego a declararme adulto porque aún quiero jugar. ¿Podemos jugar juegos de mesa? Escuché por ahí que hay un club. ¿O te gusta el dibujo? A mí me gusta mucho escribir. Deberíamos armar un club de lectura y no dejar pasar que dicen que el profe de teatro es muy divertido.
Si esto fuera una carta y estuviéramos haciéndonos amigos para sentirnos un poco menos solos en esta aventura por entender el mundo, nos daríamos cuenta de que en Ciencias a todos nos une el deseo de querer saber qué onda con la vida. Desde su origen hasta la manera de explicarla y escribirla.
Ya por transitividad, todos estamos conectados.
Si fuera una carta en la que apenas nos conocemos, tal vez pensarías que ya está siendo larga y que estoy divagando entre mis ideas. Para colmo, estoy sola en mi cuarto. Pero si me has leído, mis momentos de soledad han creado algo con estas palabras: al menos un foro para darnos cuenta de que hasta eso, solos solos no estamos. De nuevo, algo en lo que coincidimos.
Aquí, mientras la inmediatez no hace de lo suyo —a que se publique la siguiente revista—, seguiré luchando desde mi trinchera contra mi celular y el scrolleo infinito. Y espero me perdones por cruzar ideas; supongo que me alcanzó el no poder detenerme en una sola.
Atte: Cristina Melgar Velarde.
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